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Prólogo.

Las trompetas sonaron, y los cuernos respondieron en tono ronco y burlón.

Tambores y cacerolas marcaban cada compás con doloroso estrépito.

Sir Holegan observaba nervioso la entrada de la cueva, aquella maldita melodía no acababa de causar el efecto que esperaba: Despertar de su sueño, a un dragón de montaña.

Los escuderos que le asistían se tapaban los oídos, blasfemaban y torcían el gesto ante las dolorosas notas. El centenar de lanceros que aguardaba a la entrada de la cueva en formación cerrada, respondía de igual modo. Hasta su corcel Baltar parecía nervioso y bufaba y sacudía la cabeza a ambos lados.

La nueva acometida de los músicos obtuvo al fin respuesta, y un rugido sordo surgió de la cueva. Durante un momento todo permaneció en silencio. Después el rugido resonó mas vivo y cercano.

Los músicos retrocedieron prudentemente mientras sus instrumentos despedían
algunas notas descompasadas. El dragón de montaña se asomó al fin a la
entrada de su guarida y de un vistazo examinó a los presentes.

El tercer rugido del dragón resonó poderoso durante un instante
interminable. Los músicos corrían ya bastante lejos tras abandonar sus
trompetas y cuernos en la carrera. El centenar de lanceros permaneció firme.

El dragón se disponía a dormir un sueño de cien años en lo profundo de su
cueva tras haber aterrorizado durante meses a los habitantes de la región.
Había devorado tanto a ganado como a pastores y labriegos, causando tanto
daño que el mismo rey turbado por el asunto hizo llamar a uno de los
caballeros de la Orden del Dragón para librarse del monstruo.

Y ahora despierto, veía como aquellos ruidosos humanos se habían atrevido a
aventurarse en su montaña.

La ira le dominaba, y furioso, se planto frente a las picas que le
amenazaban y se irguió, desplegó sus enormes alas, y rugió de nuevo,
cubriendo la formación con su sulfuroso aliento. Fueron muchos los que se
desprendieron de su orina, pero guardaron la formación y nadie huyó.

Ser Holegan, el Caballero del Dragón contemplaba desde el flanco la
majestuosidad y fuerza de aquella criatura. Dominando sus propios miedos
ordeno:

-¡Proyectiles, al frente!

Nadie se movió, y Holegan se vio forzado a repetir la orden:

-Malditos mal nacidos. Moveros.

Una docena de ballesteros surgió de entre las filas de lanzas, y tras
apuntar rodilla en tierra, lanzó su andanada y se retiró de nuevo. Los
dardos rebotaron en las duras escamas que cubrían el dragón, pero algunos
alcanzaron la membrana de las alas, rajándola en grandes heridas. El dragón
lanza un rugido de dolor y replegó sus alas. Entre sus dientes, el odio
comenzaba a surgir en forma de gas sulfuroso, y tras tomar aliento, exhaló
con fuerza una enorme llamarada sobre la formación de lanceros.

Las líneas se rompieron entre gritos angustiosos de hombres en llamas. Los
que podían, abandonando las armas, huían a la carrera.

Los escuderos armaron a Ser Halegan con Mazigón, la pesada lanza forjada por
enanos en las lejanas tierras del Este, espoleo a Baltar y se lanzó a la
carrera hacia el flanco izquierdo del dragón.

Mientras masticaba a uno de los laceros entre sus fauces, el dragón sintió
galopar y volvió su cabeza. Vio a Ser Holegan y lo reconoció como caballero
de la Orden del Dragón por su armadura, cubierta con escamas de dragón,
arrancadas a sus hermanos muertos. Ya se había enfrentado a otros antes y
conservaba sus yelmos entre sus tesoros mas preciados.

Pero en esta ocasión, mas viejo y orgulloso fue torpe, y mientras lanzaba un
golpe de su cola que derribo a jinete y montura, Mazigon le alcanzo, y
arrancando y partiendo escamas, se hundió profundamente en su costado.

El dragón herido agarro con una zarpa al maltrecho caballo, lo levanto del
suelo y de un mordisco lo decapito, escupió su cabeza y arrojo lejos su
cuerpo. La herida del costado causaba gran dolor a la bestia, y al tratar de
arrancarse la lanza, Mazigon se astillo, y su punta de acero negro siguió
penetrando dolorosamente en sus entrañas.

Ser Holegan se puso de pie ante el dragón que rugía de dolor. Desenvainó la
espada y aguardó a que el dragón se fijara en él, lo que ocurrió enseguida,
y en cuanto el dragón lo vio, de pie y desafiante, lanzo furioso y sin
pensar sus mandíbulas abiertas para engullirlo entero y de una pieza.

Ser Holegan, esquivó la furiosa acometida de aquellas enormes fauces, y con
fuerza, golpeo con su espada en ángulo y desde atrás, el cuello del dragón,
metiéndole dos palmos de acero en un hueco entre las escamas.

Luego permaneció de pie, mientras el dragón retrocedía sosteniéndose sobre
las patas traseras y la cola. La bestia herida le miraba sin poder respirar,
con las fauces abiertas, el cuello estirado hacia atrás, y las garras
agitándose en el aire.

Finalmente murió. El enorme cuerpo del dragón se desplomó hacia un costado y
un líquido negruzco comenzó a fluir entre sus dientes.

Holegan hizo una mueca ante la pestilencia que desprendía y se volvió,
echando a andar hacia sus escuderos. A lo lejos escuchaba los vítores de
alegría de los huidos, los campesinos, y el resto de espectadores del
combate.

Poco después, montando un impresionante caballo de guerra, precedido de
heraldos, con la guardia real a los flancos y la totalidad de la corte tras
él, su majestad el rey Juan se llegó hasta Ser Holegan, quien hincó la
rodilla en tierra y bajo la vista.

-¿Esta es la maldita bestia? Apesta como una ciénaga.

Dijo el rey, y mientras uno de sus lacayos le sujetaba las riendas, desmonto
haciendo pie en la espalda de otro.

-El último de los dragones de montaña. Una hermosa batalla, la reflejaré en
las crónicas de mi reinado. En cuanto a ti haré que mi tesorero te entregue
justa recompensa por ello.

-Majestad, tan solo deseo las escamas del dragón, que en justicia pertenecen
a mi Orden.

El secretario del rey se adelanto de entre la comitiva hasta su señor,
susurrándole al oído:

-Esas escamas valen diez veces su peso en oro en los mercados del sur.

El rey torció el gesto, meditó un instante mirando de reojo a su secretario,
y luego se volvió a Holegan y le dijo:

-No será un matarife el que decida como he de administrar mis bienes. El
pago se hará en oro según he dispuesto.

Holegan levanto la vista y miro directamente a los ojos del rey. Pero no los
vio

Se vio siendo niño mientras su madre cosía las heridas que su padre había
sufrido en batalla a las ordenes del rey, vio los soldados mutilados
gritando en el patio de armas, y la sangre cubriendo el suelo empedrado. Se
vio aquella misma noche, cuando su padre le entregó su primera espada,
ganada en combate para él.

Vio el esplendor de la ceremonia en la que años mas tarde fue armado
caballero, y se vio velando sus armas a la luz de la luna llena.

Vio las lagrimas de su madre y el abrazo orgulloso de su padre cuando les
comunicó su decisión de entrar al servicio de la Orden del Dragón,
renunciando a las tierras y derechos de su herencia. Fue la última vez que
vio a sus padres con vida.

Se vio cayendo rendido en su jergón, al finalizar una jornada de
interminables entrenamientos y prácticas, en la fortaleza de Garalat, Casa
de la Orden de Caballeros del dragón.

Y vio los rostros de los hermanos de armas muertos.

Y ahora veía a su rey, quien le había dicho:

Matarife.

Los hechos que sucedieron después convulsionaron el reino como no lo habría
hecho una plaga de dragones. Tan solo contar que Holegan rompió el cuello
del rey con sus manos desnudas, y ante toda la corte, el rey murió sin
heredero legitimo. Holegan fue apresado, juzgado y condenado, y cuando era
llevado al patíbulo para ser descuartizado, escapó a su destino al amparo de
las revueltas que sacudían la capital del reino. Así comenzó una guerra por
la sucesión que dura ya mas de 100 años.

Más que el sueño de un dragón.