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Capítulo Tercero: Gerard.

Gerard formó a sus hombres en doble línea, con los arqueros contratados
al fondo y la leva de campesinos al frente, armados estos con largas
picas, algunos cuchillos y poco más. Estaban en el flanco izquierdo del
ejercito del Duque Iliar y la neblina que subía del río les aislaba del
resto.

Los Orcos del norte apaciguados durante años con regalos y tributos, se
habían movilizado ante la negativa del Duque de seguir pagando. Y ahora
se disponían a saquear, y a incendiar sus tierras.

Habían pasado toda la noche dando alaridos y profiriendo amenazas e
insultos al ejército de hombres, en el que los mas veteranos respondían
de vez en cuando con alguna gracia ingeniosa, y los más noveles se
refugiaban en la esperanza de que la batalla no tuviera lugar.

Gerard, que había dejado su montura en el campamento de retaguardia, se
paseaba entre la escasamente organizada línea de campesinos, revisando
la posición de las picas, y profiriendo amenazas a los que parecían más
asustadizos. Casi todos eran hijos menores, salvo aquellos, que que por
no tener, no habían podido enviar un hijo a servir a su señor. Luego
echó un vistazo a los arqueros, pero no les dijo nada. Esperaban
aparentemente tranquilos, y con sus armas listas.

Su padre, Ser Ulric, Señor de pocas tierras y de una única aldea, se
había gastado sus escasos ahorros contratando aquel grupo de arqueros.
Ahora Gerard necesitaba protegerlos a toda costa. Como todo hidalgo del
reino tan solo podía aspirar a mejorar su nombre con el servicio de
armas, y en tal empresa había sacrificado ya tres hijos. Gerard el más
joven, se enfrentaba ahora a su primera batalla al servicio del Duque, y
pensaba mostrarse digno del señorío, que ya que sus hermanos habían
muerto, le correspondía por herencia .

-Combate con valor siempre que estés cerca del Duque, y cuídate de ser
prudente cuando estés lejos de él.

Le había aconsejado su madre, con la astucia propia de las mujeres de
su familia. ¿Que sabrían ellas del valor, y del honor del combate?
Arrancaría la cabeza de un centenar de aquellos malditos orcos si tenía
oportunidad.

-Ya Vienen! Formad la líneas! Ya vienen!

Un explorador a caballo subía la cuesta desde el río dando la voz de
alarma. Los Orcos habían cruzado el Valgar, la frontera norte del reino.
Habían cumplido su amenaza y si el Duque no lo impedía ahora, saquearían
a voluntad las tierras de los hombres.

El silencio que siguió al jinete heló la sangre de Gerard. En cuando
recuperó el aplomo pasó su escudo de la espalda al brazo y desenvainó la
espada. No tuvo tiempo de dar ninguna orden, de la neblina que cubría el
río surgió un grupo de orcos a la carrera, que comenzaron a gritar como
condenados en cuanto los vieron. No llevaban armadura alguna, y
empuñaban grandes hachas a dos manos.

Los primeros en aparecer cayeron muertos bajo las flechas de los
arqueros, que conocedores de su oficio habían disparado sin necesidad de
orden alguna. El resto siguió a la carrera y se estrelló contra la picas
y las estacas de los infantes. Los que lograron cruzar la barrera de
pinchos comenzaron a realizar una matanza entre las filas de hombres,
descabezando y mutilando con sus hachas. Los arqueros dejaron de
disparar sus flechas y armados con bicheros, dagas y martillos se
unieron a la lucha.

Gerard se sentía perdido, no sabía que ordenes dar ni que hacer. La
neblina y el miedo cubría los corazones de los hombres, hasta que al fin
las líneas se rompieron en una desbandada general. Aquello no era el
glorioso combate que esperaba ni él había resultado ser el valiente
capitán que destacase entre todos los servidores del Duque.

-¡No huyáis cobardes! Mantened la línea.

Nadie le obedeció, arqueros y campesinos abandonaban el combate por
igual. Desesperado, se volvió hacia sus enemigos al tiempo que un enorme
orco descargaba su hacha contra él. Su escudo desvió el golpe hacia el
suelo, y antes de que el orco atacara de nuevo Gerard le hirió con una
estocada en el pecho.

El orco bufó y escupió su oscura sangre, pero cargó otra vez lanzando
un tajo horizontal. Gerard lo esquivó retrocediendo y contraatacó con un
fallido tajo de su espada, que le hizo perder el equilibrio en un
traspiés sin alcanzar al orco, quien de otro golpe que le arranco el
escudo y terminó enviándolo al suelo.

-Maldita sea mi suerte.

Desde el suelo y al tiempo que su miedo se transformaba en ira, vio al
orco prepararse confiado para dar el hachazo final que acabase con su
vida. No lo esperó, lanzó del revés su espada contra el pie del orco, y
aunque no se lo cercenó, el orco retrocedió dando un alarido. Furioso le
enseñó sus dientes cubiertos de sangre.

hora Gerard estaba en pie y atacando, fingió un ataque como había
practicado con sus maestros de armas desde niño, y luego golpeó de
nuevo. El orco con su pesada hacha no pudo reaccionar a tiempo y se
encontró con una nueva herida en el pecho. Esta vez la espada de Gerard
le había atravesado.

Horrorizado, Gerard contemplo como el orco en vez de morirse por
aquella terrible herida, soltaba el hacha y agarraba su espada por el
filo, al tiempo que con la otra le cogía de la ropa, arrastrándole hacia
sus mandíbulas abiertas y amenazantes.

De un tirón Gerard extrajo la espada del pecho del orco seccionando los
dedos que sujetaban el filo. La echó hacia atrás, y descargó un certero
tajo en la frente del orco. Aún agarrándole de la ropa, el orco se
desplomó al suelo arrastrándole en su caída. Gerard se libró del
cadáver, y de nuevo en pie examinó la situación.

El grueso del ejército de Orcos había rebasado su posición y perseguía
a sus hombres en la niebla, tan solo quedaba un trasgo que remataba
heridos con su lanza. Gerard cargó contra él. El trasgo emitió unos
chillidos histéricos al verlo y le arrojo la lanza sin suerte. Luego se
dio la vuelta y echó a correr huyendo hacia el río, Gerard no se vio con
fuerzas para perseguirlo y tan solo lo siguió con la vista mientras se
perdía en la niebla. Luego se volvió para buscar a sus hombres. Se
encontró entonces para su sorpresa con los orcos que regresaban de nuevo
a la carrera. reaccionó poniendose en guardia, pero estos pasaban de
largo sin hacerle caso. Se fijó en que la mayoría había abandonado sus
armas y ya no gritaban.

Tras los orcos apareció un grupo de caballeros ensartando con sus
lanzas a los rezagados. Pasaron a su lado sin embestirlo de pura
casualidad. Uno de ellos se detuvo a su lado, colgó la maza con la que
iba armado de la silla de su caballo y descubrió la celosía de su yelmo.
Era el Duque, que le miraba sonriente desde lo alto de su montura.

-Muy menguadas veo vuestras filas Ser Gerard.

Esforzándose bastante Gerard le siguió la broma.

-El rancho de campaña le ha sentado mal a mi gente, ahora deben estar
vaciando el vientre por la retaguardia.

-Si, sin duda.

El grupo de jinetes se perdió en la niebla. Con ellos tan solo
esperaban dos mayordomos. Al igual que el Duque montaban alazanes de
batalla, y vestían pulidas armaduras de placas metálicas. Uno portaba
las lazas de su señor y el otro llevaba su estandarte.

-Ahora debo unirme a mis caballeros en persecución de estos apestosos,
pero agradecería que me esperarais en mi tienda de campaña para beber
algo de vino y comentar los avatares del día.

-Así será Duque Iliar.

Sin querer había seguido el consejo de su madre.

El Duque se alejó al trote, al poco le dijo a uno de sus mayordomos:

-Adelántate a esperarlo, y en cuanto llegue cuida de que no hurte nada.
Uno puede fiarse por completo del corazón de un hidalgo, pero no
demasiado de sus manos.