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Capítulo Segundo: Hariell

La arrojaron a un montón de paja en el establo y comenzaron a
arrancarle la ropa a tirones. Hariell no se quejaba, aguantaba su miedo
en silencio y les dejaba hacer.

-Coño! Que flaca está.

Eran dos soldados, mercenarios del sur. La miraron con desprecio, le
dieron un puntapié y se fueron dejándola sola. Ella se recompuso el
vestido como buenamente pudo y muy despacio se acerco hasta la entrada
para echar un vistazo al patio. No vio ningún soldado, tan solo los
cadáveres de los jornaleros recién asesinados. Los animales de la granja
también estaban muertos: La vieja vaca Moly, los corderos, los asnos, y
el alazán que el amo montaba en las fiestas.

Hariell sintió mas pena por aquel caballo que por la gente. Nunca la
habían tratado bien, y guardaba buenos recuerdos de cada vez que se
ocupaba de aquel noble animal.

Con paso inseguro salió del establo. Era tarde, el sol ya se había
puesto y el cielo aparecía cubierto de nubes; había sido un día gris.

Caminó despacio, con cuidado de no tocar con sus pies descalzos los
charcos sangre y barro, atenta a cualquier sonido y mirando a todos
lados. No vio a nadie, pero si los oyó. Los soldados reían en sonoras
carcajadas, atragantándose con el vino del amo en la casa grande.

La casa del amo estaba a la izquierda del establo, frente al camino
real que conducía hacia la ciudad. A uno de los lados del patio estaba
el granero, y al otro los cobertizos de los siervos, tras los que se
extendía el bosque. Hacia él partía una senda que bajaba al rió.

Por el camino real podía huir a la carrera, pero seguro que habría más soldados. Durante días habían estado pasando hacia la ciudad, sin detenerse más que para pedir agua, o comprar unos huevos. Ahora la ciudad estaba en llamas, había estallado la guerra y los ejércitos se dedicaban al pillaje.

Si quería escapar tenía que cruzar el rió e internarse en el bosque.

Al cruzar el patio y pasar ante la puerta abierta de la casa, no pudo evitar mirar dentro: entre las risotadas de los soldados había oído el lamento de una de las hijas del amo. Fue un lamento largo y triste, que a los soldados pareció gustarles, porque las risas y el griterío aumentaron. Las dos hijas del amo tenían buenas carnes y la piel blanca, los soldados no las soltarían tan rápido como a ella.

Echo a correr hasta llegar a la senda y se interno en el bosque, estaba
oscuro, apenas se filtraba luz entre los árboles, y aunque conocía bien
aquella senda, tropezó con algo y cayo.

-Ay! Hariell pequeña bruja, eres tu. Ayúdame a levantarme. Esos
desgraciados me han pinchado en la barriga. Mal nacidos. Ay de mi.

Era Niom la gorda cocinera, la única criada que vivía en la casa
grande, una mujer feroz y severa. Niom también había decidido huir hacia
el bosque, pero sangraba abundantemente por una herida en el vientre, y
así estaba, tendida en el suelo en mitad de la senda.

-Lo siento señora, pero tengo que irme.

-¡No! No te vayas cría del demonio. Ayúdame, no puedo andar.

La dejó sola, ni en sueños hubiera podido cargar con ella. Además
guardaba rencor a aquella mujer. Se alejo corriendo.

-Maldita bruja vuelve aquí. Vuelve.

Bruja. Si, como su madre, una bruja del bosque, tantas veces se lo había
dicho.

En cuanto llegó al río buscó el paso, el único punto por el que podía
cruzar sin peligro de ser arrastrada por la corriente. A oscuras fue
difícil de encontrar. De día lo había cruzado muchas veces, escapando de
castigos injustos y de bromas crueles. Se internaba en el bosque y
llamaba a voces a su madre. Ahora con tan poca luz sabía que iba a ser
peligroso.

Entró en el río. El agua era fría y le dejo los pies ateridos, bajo el
agua encontraba al tacto las piedras mas estables sobre las que
apoyarse. Cada paso resultaba más difícil, resbalaba sobre las algas
con la amenaza de ser arrastrada por la corriente. Avanzó a duras penas
y ya había cruzado más de la mitad del río, cuando la amenaza se volvió
certidumbre, estaba exhausta y a punto de caer. No tenía ningún apoyo
sobre el que seguir caminando, era el fin.

-No aquí no. Madre no quiero morir en este río.
¡Azel-nequel-en-iby!

En boca de su madre aquellas palabras abrían desecado el paso, pero en
la suya apenas consiguió descubrir cuatro piedras poco profundas.

Con eso le bastó. Rápida dio saltos largos y precisos, y justo antes de
que las aguas recuperasen sus dominios, de un último salto alcanzo la
orilla. Agotada se tendió sobre el suelo de cantos rodados frente al bosque.

-Madre perdóname.

Al despedirse de su madre, la noche antes de que la ejecutaran en la
hoguera por bruja, le había prometido que nunca volvería a hablar la
lengua del bosque, que sería como las otras niñas, y solo hablaría la
lengua de los hombres.

Fue muy duro para Hariell dejar de hablar al agua y al aire, pasar por
el bosque sin saludar a los árboles, y sobre todo dejar de hablar al
fuego. Hoy había roto aquella promesa, y su madre estaría enfadada, sin
duda la regañaría. Tal vez estaría tan enfadada que no volvería a
hablarle, dejándola sola para siempre. Rompió a llorar muerta de pena.

-No llores Hariell, no estoy enfadada.

-¿Mama?

-Hija, yo nunca te abandonaré.

-¿Entonces me perdonas?

-Escúchame, olvida tu promesa, ahora estas en peligro, debes hacer lo
que sea para sobrevivir.

-¿De veras puedo volver a hablar a los árboles?

-Si, puedes, pero escucha: debes irte, atraviesa el bosque, los árboles
te guiaran al otro lado, allí encontraras otra gente que huye de la
guerra. Únete a ellos y estarás a salvo.

-Si madre eso haré.

-Te quiero hija.

-Y yo a ti mama... Mama?

Se había ido. Pocas veces le hablaba estando despierta, y siempre era
para decirle cosas importantes, así que le hizo caso y se interno en el
bosque.

El bosque ascendía desde el río por la ladera de una montaña, y tras
un buen rato de andar, Hariell alcanzo un claro. Era ya de noche cerrada
y atrás pudo ver las llamas que surgían de la granja, los soldados la
habían incendiado. Los campos de cereal también ardían. Al norte
distinguía el resplandor de la ciudad; esta llevaba días ardiendo.

Caminó a oscuras durante horas, sin miedo a perderse porque los árboles
la guiaban como le había dicho su madre. Caminaba mojada, con frío, y
con hambre, pero contenta de volver a saludar a sus viejos amigos los
árboles, los pacíficos y amables seres de largas historias, de
interminables achaques, de...

-Cuidado, muerte.

Le dijeron los árboles, y Hariell se detuvo, apenas veía nada por mucho
que se esforzara, así que siguió andando más despacio y con todo el
sigilo del que era capaz. Al poco comenzó a distinguir un débil
resplandor, y hacia él se dirigió. Tal vez una hoguera.

-¡Muerte Muerte!

Los árboles gritaban. Hariell se detuvo de nuevo mirando a todos lados.
Entre las nubes la Luna llena apareció en un claro. Hariell estaba muy
nerviosa y a la débil luz los vio. Eran cadáveres, soldados muertos. Su
sangre aun estaba fresca y reflejaba la luz de la Luna. Pensó en volver
atrás, retroceder a la seguridad del bosque, pero recordó las palabras
de su madre y se forzó a seguir adelante.
¿Quien había matado a aquellos hombres? ¿Habría otro ejército en el
bosque? Todos los soldados parecían del mismo bando, gentes del sur con
sus fajines blancos y camisas de cota de malla. Ninguno agonizaba ni
yacía herido. No había lamentos.

Hariell siguió adelante. El resplandor que veía resulto ser una hoguera
de campamento. Un camino que Hariell no conocía pasaba por aquí, y
aquellos que se calentaban alrededor del fuego tenían que ser los
refugiados que su madre le había enviado a buscar. Escondida tras un
árbol Hariell se dedicó a observar sigilosa aquel grupo.