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Capítulo Primero: Eric

Sarim, se asomó a la calle y tras comprobar que ninguno de sus muchos conocidos pasaba por el lugar, se sacudió las ropas, se atuso el cabello, y tras encasquetarse cuidadosamente el sombrero, abandono muy digno el callejón en el que había pasado la noche, dirigiendo sus pasos hacia las puertas de la ciudad, donde buscaría algún pardillo que le llenara el estomago, y con suerte, la bolsa.

Iba a ser un buen día; además de feria, la ciudad iba a tener ejecuciones , y un buen número de traidores y asesinos acabaría colgando de los patíbulos para deleite del populacho.

Aldeanos, tratantes, y comerciantes, pasaron ante él cargados de viandas y vinos hacia el mercado. Sarim les saludaba solicito, pero ellos desconfiados y astutos, le olían las intenciones a la legua, aun así, persistió, sin conseguir de sus cordiales palabras más que muecas, empujones, y un escupitajo en las botas.

Así pasó la mañana, sin fortuna ni desayuno, de forma que para apaciguar el rugido de sus tripas comenzó a plantearse la remota posibilidad de comer de fiado en alguna de las tabernas que conocía. Mientras meditaba ensimismado en los cuentos que iba a largarle al tabernero, una mano se posó en su hombro, al tiempo que un escalofrío recorría su cuerpo con la imagen de un alguacil a su espalda.

-Perdone usted. ¿Puede ayudarme?

Desde luego un alguacil nunca se dirigiría tan cortésmente a Sarim, de forma que ya mas confiado se volvió sonriente a su interlocutor.

Este era un joven campesino, fuerte y bien alimentado. Vestía de manera humilde como correspondía a su condición, pero sin mugre ni remendones.

"Un paleto que viene a comprarse un mulo". Pensó Sarim.

-Sin duda amigo. ¿Que se os ofrece?

-Soy ajeno a esta ciudad, y busco algún sitio para comer. Estoy hambriento.

-Pues estáis de suerte, porque conozco los mejores fogones de esta villa, y si gustáis, puedo haceros de guía, y acompañaros en vuestro almuerzo. Mi nombre es Sarim.

-Yo me llamo Eric, y desde luego que podéis comer conmigo.

Sarim condujo a su acompañante a través de las callejas de la ciudad, evitando prudentemente los mesones limpios y bien surtidos de las calles principales, hasta llegar a uno de los tugurios que frecuentaba.

Al ver entrar a Sarim, el tabernero, un tipo fornido y medio calvo, alargo su brazo hacía el hacha de partir pollos, pero detuvo su gesto al ver que venía acompañado de lo que a todas luces parecía un primo.

-Tabernero: Traed vino y estofado a esta mesa, y una buena hogaza de pan blanco.

Bien sabia Sarim que en aquel antro nunca había entrado el pan blanco; era una de sus habituales burlas al tabernero. Si hoy saldaba sus deudas, este se las reiría todas gustoso.

Comieron en abundancia, ya que ambos estaban lo que se dice hambrientos. Y hablo poco Sarim y menos Eric.

Una vez se hallaron satisfechos Sarim aparto su plato, y se recostó en la silla.

-¿Os ha gustado la comida?

-Mi madre guisaba mejor. Y mi abuela. Y también mis tías y mis hermanas. Y ninguna de ellas habría echado a los perros una gallina tan vieja .

-Ah, valla...Y bien mi querido amigo Eric: ¿Que negocios os traen a la ciudad?

-Pues ninguno.

-¿Ninguno?¿Habéis venido a la ciudad solo para degustar estofado de gallina?

-He dejado la casa de mi padre para buscar fortuna.

-Si... Eh. Que bien. Pues ahora que habéis comido tan solo espero que saquéis de vuestra bolsa el dinero para saldar la cuenta, y así ambos podamos regresar a nuestros asuntos.

-¿Que es dinero?

La gallina del estofado sería vieja, pero Sarim sintió como si estuviera trepando por su garganta con la intención de echar a volar.

El tabernero no les quitaba ojo, y la puerta de la calle estaba demasiado lejos para alcanzarla en un descuido. Estaba atrapado, con suerte acabaría sin ningún hueso roto en el cepo de los morosos. Sin suerte, moriría en aquella taberna.

-¿Acaso quieres que me crea que no sabes lo que es el dinero?¿La plata?¿Las monedas?

-La plata es metal para hebillas y botones, y monedas son las piezas que mi padre daba a los juglares en las ferias para que cantaran, y contaran historias. El buhonero de la aldea se las daba a mi madre a cambio de huevos frescos.

Sarim quería insultar y abofetear a aquel patán medio lelo, pero se contenía porque el tabernero no le quitaba el ojo de encima. De hecho ya parecía algo mosqueado. Tenía que encontrar una salida airosa de aquella encerrona y rápido.

Y así de súbito se echo hacía atrás violentamente, tirando la silla al tiempo que se ponía en pie.

-¡Lepra! ¿Padecéis lepra y me invitáis a comer con vos? ¿Como podéis ser tan desalmado? ¡Me habéis tocado! ¡Habéis tocado mi comida!

Y mientas gritaba se acercaba gesticulado a los demás comensales de la taberna, mostrando sus manos abiertas. La clientela primero le miro con asombro, luego con miedo, y finalmente se abalanzo hacia la puerta con pánico.

El tabernero, que no se tragó el engaño, sufrió un ataque de cólera, que le llevo, hacha en ristre, a saltar sobre el mostrador, con la clara intención de rebanarle el gaznate a Sarim. Y así lo habría hecho de no haber mediado en el entuerto la clientela del local en plena desbandada.

-¡Lepra!¡Lepra!

Gritaba Sarim en mitad del tumulto. A su espalda y agarrado a su cinturón Eric se dejaba arrastrar sin mostrar inquietud alguna.

Una vez en la calle sería fácil escabullirse tras cualquier esquina y dejar enfriar el asunto. O eso pensaba, porque el gentío que salía de la taberna se dio de bruces con otro que más o menos armado se enfrentaba vociferante a un pelotón de la guardia, a cuento de la ejecución de algún jerifalte de la ciudad caído en desgracia.

A pesar de ir bien armados y de guardar la debida compostura, los guardias se vieron desbordados por la nueva oleada de insurgentes que surgía de la taberna, y el capitán que los guiaba tras valorar lo delicado de la situación, decidió que su única salida era enfrentarse a la chusma.

Sarim, que se había mantenido al margen de la agitación política que sacudía la ciudad desde la muerte del rey, se encontraba ahora contra su voluntad a la cabeza de una rebelión popular, con un estúpido destripaterrones tozudamente agarrado a su cinturón.

La guardia desenvainó espadas y cargó hacia la multitud, hacia Sarim, quien en pleno ataque de pánico intentaba infructuosamente abandonar la posición de adalid de las filas de insurrectos y colarse por un hueco entre el gentío. Al borde de la desesperación, acabó por encontrarlo y por el se deslizó, no mas que para encontrarse frente al hacha del tabernero, cuya desmesurada cólera había abierto el hueco por el que con tan poco acierto se pretendía escabullir.

Hora de morir; el día había empezado mal, pero iba a acabar bien temprano. Sin poder cerrar ojos ni boca contempló como la afilada hoja descendía sobre su cabeza.

Pero la muerte no le alcanzo. En vez del postrero contacto del acero, lo que sintió fue un violento tirón en la cintura, que le apartó de la trayectoria de hacha y tabernero quienes siguieron directos hacia la guardia.

El honrado industrial fue a acabar sus días en aquel encuentro con las espadas de la guardia, pero su sacrificio no fue en vano, y con su brava carga alentó a la antes insegura masa de agitadores a emular su hazaña, y vengar tan brava muerte.

Al poco todas las cabezas de los guardias decoraban picas por las calles, rumbo a los patíbulos.

Sarim había presenció atónito aquellos acontecimientos, pero Eric seguía impasible y no le soltó el cinturón hasta que la muchedumbre se hubo alejado.

-¿Conoces también algún sitio donde pasar la noche?