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Capítulo Cuarto: Sarim.

-¿Un hada? ¿Un hada? Dejaste tu casa y tu aldea porque te lo dijo un
hada? Hay que ser memo, JAJAJA! Alguna moza de tu pueblo te ha tomado el
pelo a base de bien.

Nadie del grupo rió la gracia de Tascal, el aprendiz de curtidor,
porque los ánimos no estaban para ello, pero Sarim estaba completamente
seguro de que no había sido un hada, sino un maldito íncubo del
infierno. Un demonio que había convencido a Eric para abandonar su
apacible vida de campesino, y convertir la suya en un tormento.

Durante días habían vagado sin un rumbo por la ciudad en llamas, los
caminos, y el bosque huyendo de los soldados y bandas de asesinos que
tanto abundaban desde la revuelta. Y bien es cierto que sin Eric, él
sería ahora uno de los muchos cadáveres que jalonaban los caminos; en
unas cuantas ocasiones aquel robusto labriego había tenido que cargar
con él a las espaldas para librarlo de una muerte segura. Como aquella
misma tarde, mientras huían de un grupo de mercenarios:

Corrían a través del bosque, Sarim agotado como nunca había estado en
toda su vida, tuvo que dejar que Eric se lo echara al hombro, cargándolo
como un pelele. Y mientras huían, con Sarim en tan humillante postura se
dieron de frente con un hombre de rostro deforme, que vestía una basta
camisa de tela de saco. Sin duda: Ser Holegan, Caballero de la Orden
del Dragón y asesino condenado del difunto rey. Sarim que sabía quien
era, trato de soltarse de Eric, pedir disculpas y continuar a la
carrera, pero Eric se detuvo frente a él y le dijo:

-Nos persigue un grupo de asesinos.

Holegan miraba con expresión distraída las convulsiones de Sarim, y tan
solo hizo un gesto de asentimiento, se echó al hombro una basta garrota
que llevaba, y despacio se encaminó al encuentro de sus perseguidores.

Eric dejó a Sarim el suelo, quien recuperó la compostura y se dio
cuenta de que con el caballero también venía un grupo de gente de la
ciudad: Algunos comerciantes, una vieja esquelética con su marido, dos
madres abrazadas a sus aterrorizados retoños, un aprendiz con cara de
lelo, y un hombre que también vestía la basta camisa de los condenados a
la horca. Sarim se fijó en él, y con un escalofrío, reconoció al
magistrado Ailus, un juez que había protagonizado muchas de sus
pesadillas. Sarim se volvió hacia Eric.

-Oye, vámonos de aquí.

Ni caso, Eric se fue tras Hollegan conducido por aquella curiosidad
malsana que tanto odiaba Sarim. Aunque aterrorizado, él también se
acercó a mirar. Holegan esperaba en un pequeño claro, el peor sitio para
una emboscada: al descubierto sería un blanco fácil para las ballestas.

Los mercenarios del sur llegaron a buen paso, deteniéndose al borde del
claro, hasta formar un grupo de nueve. Divertidos y algo mosqueados
contemplaron como aquel individuo hacía estiramientos con su garrote.
Uno de ellos se dispuso a cargar una pequeña ballesta. Holegan le miró y
despreciativo le dijo:

-Ese es el valor de los villanos de tu tierra.

Pero no usó la lengua común, si no que hablo con la forma arcaica de
los nobles del sur. El ballestero, que no le había entendido, continuó
impasible con su tarea, sin embargo un hombre de barba que estaba a su
lado le detuvo con un gesto, y se adelanto hacía Hollegan.

-Yugo, Ron, a por el.

Dos hombres desenvainaron espadas y dagas, y confiado en el hierro de
sus armas y de sus cotas de malla, se dispusieron a dar muerte a un
infeliz vestido de saco, y armado con un palo.

El combate duro poco: a la embestida de su primer atacante Hollegan
respondió con un tremendo estacazo en la barbilla, un golpe dado desde
abajo y de revés. Al segundo contendiente más precavido, Holegan le tuvo
que lanzar cuatro golpes: un amago, uno a la espada, otro a la rodilla y
los dos siguientes a la cabeza.

El mercenario de barba, con toda su experiencia de soldado viejo,
quedó completamente sorprendido, y mientras veía a Hollegan recuperar
las armas de sus contendientes derrotados reaccionó y empuñando un hacha
se lanzo a la carga.

-A por el, !matadlo!

Sarim, medio escondido tras Eric contempló pasmado como uno a uno,
Holegan daba muerte a los siete hombres de armas sin sufrir herida
alguna. Al final, tras la matanza, Holegan registró los cuerpos
quedándose tan solo con un cinto y una espada, una capa vieja, y un
pellejo lleno de buen vino del sur.

-Cuando regresaba para unirse con el resto del grupo, pasó ante Eric y
este le dijo.

-Eres un guerrero, uno de los héroes que los ciegos cantan en las ferias.

Hollegan sonrió un momento, pero con la cara deformada por los golpes
recibidos en prisión, tan solo mostró una mueca triste.

En cuanto se alejó, Sarim registro también por su cuenta los cuerpos de
los caídos haciéndose con un botín mucho más sustancioso. Por primera
vez en mucho tiempo tenía la bolsa llena, ahora tan solo necesitaba
encontrar un buen mesón donde gastarla. Vio como Eric le contemplaba en
silencio.

-¿Tu no querías hacer fortuna? ¿Ser un caballero, un héroe? Pues toma,
necesitarás esto.

Una cota de mallas y una espada. Eric tomó la cota pero dejó la espada
y recogió del suelo el hacha del hombre de barba.

-No sabría usar una hoja tan larga. La camisa de hierro la guardaré
para el caballero.

Luego regresaron para unirse al grupo.

Ahora estaban todos alrededor de un improvisado fuego de campamento,
alimentándose con aquello que les quedaba, o habían encontrado por el
camino. Los críos agotados ya dormían, igual que los más viejos, el
resto contaba sus historias, todas tristes, salvo la de Eric que al
aprendiz de curtidor le había parecido muy graciosa.

-Mira Eric soy una hada, voy a darte un don: ¡El don del pedo sonoro!
¡JAJAJA!!!

Sarim le contesto:

-Su historia al menos es más curiosa que la tuya, que lo único que has
hecho en tu vida ha sido agachar la cabeza, y raspar pellejos malolientes.

-Y a esos asuntos seguiría dedicándome si ese borracho mal nacido, no
hubieses asesinado al rey, trayéndonos todas estas calamidades.

Y mientras decía esto apuntaba con su dedo índice en la dirección de
Ser Holegan, el matareyes. Con la miserable camisa de condenado y con el
rostro deformado, poco le quedaba de gallardo caballero, y menos ahora,
cuando levantaba pausadamente su pellejo de vino, al que pegaba largos
tragos. Al oír aquello, bajó el pellejo y miró hacia el curtidor sin
decir nada. Este dejó de señalarle, y se dedicó a contemplarse las botas.

-Más te vale cuidar tu lengua muchacho

Le apercibió el Magistrado Ailus.

El matareyes parecía que iba a decir algo pero en vez de eso soltó un
ruidoso eructo. Estaba completamente borracho.

Un hombre del grupo, un comerciante finamente vestido con jubón, y capa
hasta la rodilla, toda cubierta de barro, se puso de pronto en pie y
dirigiéndose a Ser Hollegan le dijo:

-¿Porque tendría que hacerlo? El chico tiene razón y dice verdad, Es
por culpa de este asesino que todos vivimos este calvario.

-Tal vez, y por tal delito fue condenado a la horca. Yo mismo le
condené. Luego esas arpías traidoras del Sur me juzgaron a mi, y a todos
los que defendíamos el derecho al Trono del Duque Iliar, y también nos
condenaron a la horca por traidores. Cuando nos llevaban en carros hacia
el cadalso estalló la revuelta. A los guardias que nos custodiaban les
entró el pánico y comenzaron a degollarnos, cuando me llegó el turno,
Holegan que iba a mi lado, se arrojó sobre mi y ambos caímos del carro
hacia la multitud. Gracias a esa caída yo sigo vivo, gracias a él.

-Pues yo era comerciante en la ciudad. Mis negocios eran prósperos.
Ahora mi familia está muerta, mi casa arde en llamas, y yo tengo que
contemplar como este mal nacido se llena la panza de buen vino, en lugar
de balancearse al extremo de una cuerda, como en toda ley tenía que
suceder. Pues a fe mía que esto no ha de ser así.

Y dicho esto el que antes había sido comerciante de paños finos saco
una daga larga y puntiaguda de la trasera de su cinturón y cargó contra
el matareyes con la clara intención de coserlo a puñaladas. Borracho
como estaba parecía una víctima fácil, y todos los presentes le dieron
por muerto.

Pero no fue así ni mucho menos, ya que el matareyes, sin tan siquiera
soltar el pellejo de vino, detuvo el golpe con la mano libre, agarrando
el brazo que sujetaba la daga y retorciéndolo luego, con tal fuerza que
todos oyeron el crujir de los huesos y después los lamentos
desconsolados de comerciante, quien arrastrándose por el suelo
intentaba sin éxito volver a colocar su brazo derecho en alguna posición
verosímil.

Lento y torpe el matareyes recogió la daga del suelo, y mirando al que
había intentado apuñalarle le dijo:

-¿Es tuya?

-¡AAAh! ¡Dioses que dolor!

-Pues tómala.

Con un violento golpe clavó la daga en el suelo hasta la mitad ante los
ojos de su propietario, y de un giro la partió en dos.

-No es muy buena.

Dicho esto volvió a sentarse en su sitio y se dispuso a echar un nuevo
trago, pero mientras levantaba el vino, miró fijamente al bosque. A
pesar de estar oculta, y en la oscuridad de la noche, Hariell se dio
cuenta que la estaba mirando directamente.

-Espectro o ninfa, sal del bosque y deja que te veamos.

Hariell se quedo paralizada al oír que le hablaba, en tanto que el
resto del grupo dejó de auxiliar al lisiado comerciante, y se volvió
hacia el arbolado esperando encontrarse realmente con un fantasma.

Solo Eric avanzo hacia ella, cuando la alcanzo le dijo:

-No eres ningún espectro. ¿Cómo te llamas? Yo soy Eric.

Hariell se preguntó si su madre había tenido una buena idea enviándola
a buscar aquella extraña gente.